sábado, 11 de diciembre de 2010

El hombre tras bambalinas

Cuando lo entrevisté hace 6 años, Artemio admitió que existía una alianza con el movimiento cocalero e, incluso, que "colaboraba" con el narcotráfico a cambio de ayuditas para sobrevivir en la selva. Ahora, gracias a una operación de inteligencia de la policía, sabemos que era mucho más que una alianza.

Nota propalada en Día D, domingo 28 de noviembre de 2010.

jueves, 25 de febrero de 2010

Parte 2

PPK en Abancaycito

jueves, 26 de noviembre de 2009

Ala-crán


Este par de alas, realmente, hace negocios de altura. Ya casi no me extraña que se haya metido a la bolsa a medio Poder Judicial, pero me llama la atención que haya firmado convenios incluso con el Despacho Presidencial. Según su propia página web tiene un "convenio marco de colaboración interinstitucional" entre el DESPACHO PRESIDENCIAL Y LA UAP. Juaaaaaaaaaat? Me pregunto qué clase de "colaboración" es esa. Se me hace que hay algo mucho más grande en este asunto. Hurm... estas alas hieden a leguas.

viernes, 9 de enero de 2009

El chupón del hampón

Estas cosas suelen ocurrirles a los médicos, a los bomberos, a los policías. Pero a veces a los periodistas nos toca el infausto encargo de anunciarle a los padres de un muchacho desaparecido en 1993 que ya sabemos dónde está su hijo. Es más, no sólo que ya se sabe -con cierta aproximación- que su desaparición obedeció, casi con obviedad, a que había sido asesinado, sino que además había sido macabramente cremado en el horno subterráneo del Pentagonito a manos de Sosa y sus secuaces y que ahora -trago saliva- no habrá dónde velarlo sino en la puerta trasera, gélida y desolada, de ese monstruo de siete cabezas que se alza en San Borja. Lo siento mucho, mi más sentido pésame.

Mi chamba era un reportaje sobre el libro de Ricardo Uceda, Muerte en el Pentagonito. No tenía idea de que los padres del muchacho se habían cansado de buscarlo unos años antes y que debía ser yo quien les diera la noticia del hallazgo. Menos que tuviera que acompañarlos, llevando velas, flores y una foto, hasta el lugar donde por última vez su hijo respiró, y dejar en la puerta -porque si intentábamos ir más allá podríamos correr la misma suerte- todas las lágrimas posibles al saber, al menos saber por fin, dónde está. O dónde se quedó la última exhalación de su historia.


Esa fue, si no me equivoco, la primera vez que tomé nota de este nombre: Elías Manuel Ponce Feijoo, tan mentado por estos días (Leer el completísimo post de Desdeeltercerpiso). Ponce no era militar, era marino, y había un entuerto extraño en la forma como fue secuestrado el estudiante y en la manera en que terminó sus horas en el Pentagonito. Ponce Feijoo hasta el día de hoy no ha rendido cuenta por la desaparición de Martín Roca Casas, pero esa ahora parece ser la más remota de las acusaciones en su contra. Hoy el tema que zumba en las radios es su voyante empresa, Bussiness Track SAC -perfecto nombre para las voraces ambiciones de su gerente- con sede en la avenida Salaverry, que proveía de "seguridad" informática a renombradísimas empresas, municipios, y hasta al Estado peruano. Plop.
Y no metería las narices en el tema si no fuera porque este asunto se sabía -una pinche reportera de investigación, osea yo, lo sabía- desde hace como dos años. El detalle, como siempre, era probarlo. En enero del 2007, cuando trabajaba como reportera en La Ventana Indiscreta, me fue encargado un informe sobre los hambres que bullían tras bambalinas en el organismo de inteligencia nacional, que ha cambiado tantas veces de nombre que ya nadie sabe cómo llamarlo. La DINI, como finalmente ha quedado bautizada la CIA peruana, era un botín. Y un botín por el que se afilaba los dientes todas las mañanas el siempre recordado Almirante Luis Giampietri, hombre de armas tomar -desde los tiempos del Frontón- que un día me tomó por las muñecas en un pasillo del Congreso para que lo dejara en paz con el asunto del IDL, ONG de derechos humanos a la que odia con tempestuosidad marina.
El Almirante, se desgañitaban ciertas fuentes de inteligencia, quería como fuera dirigir la DINI. Pero no con su nombre y apellido, evidentemente, sino a través de su hombre de confianza: Elías Manuel Ponce Feijoo. Se decía, por esos días -y esto era sumamente complicado de probar- que el buen almirante le llevaba las ultimitas a sus amigos poderosos gracias a que contaba con información "privilegiada". Por esos días también se dedicó, decían las fuentes, a asustar al presidente con supuestos planes para asesinarlo. Una de las personas que sabía de esto era Fernando Rospigliosi, lo sé porque me reuní con él varias veces pero compartíamos la dificultad para probar el embrollo.
En mi intento por avanzar en la investigación acudí a citas con extraños personajes que me daban el encuentro en centros comerciales supuestamente para darme información -ese era el gancho- pero que pretendían, clarísimamente, averiguar más bien qué tanto sabía yo. No era difícil saber en qué andaba, bastaba con pinchar mi humilde celular. Por más que no solté prenda por teléfono, el asunto se cerró en cierto punto del camino. Los chuponeadores pertenecen a una especie de cofradía en la que se aplica una ley sangrienta: cae uno, caemos todos. Al cabo de medio mes, no había manera de patearle la puerta a nadie. Sólo con una orden judicial, y tratándose encima de políticos poderosos que protegen desde el Olimpo a sus "informantes" hubiera sido humanamente imposible irrumpir en una central y encontrarlos con el chupón entre los dedos.
Lo que sí me quedó clarísimo es que había una guerra intestina por el control de la DINI y que Giampietri se relamía por controlarla. Cada mañana alguien le llevaba un sobre al Almirante, casi casi como alcanzarle el periódico, con información que seguramente él administraba bien. Pero de ahí a probar en televisión nacional y a lanzarme con hipótesis sobre la clase de información que llevaba el sobre era una aventura temeraria. Un mes después, con otros mil encargos del día a día, abandoné la investigación.
Lo curioso es que los chupones han llamado a mi puerta desde hace años. Recuerdo la vez en que un coronel del Ejército en actividad, Raúl Silva, me citó para hacerme oír un audio en su automóvil. Era una conversación de Roberto Huamán Azcurra y otros presos del penal San Jorge. Habían chuponeado el teléfono público. Huamán hablaba en clave con una de sus amantes, pero los chuponeadores ya habían tenido tiempo suficiente, de seguro, para descifrar las claves del máster en chuponeo, Huamán, que irónicamente era víctima de sus armas: "Tráeme caramelo, ¿ya? Tráeme caramelo y también marshmello". Yo trabajaba entonces en la revista Somos y el coronel Silva, buscando seguramente el máximo impacto de su audio, decidió entregárselo a una reportera del programa Panorama que ese domingo paralizó al país con su supuesto hallazgo.
Años después el coronel Silva apareció involucrado en un operativo fallido del entonces CNI -Consejo Nacional de Inteligencia- para "recuperar" equipos de chuponeo. No sólo no recuperaron nada, sino que se gastaron 80 mil soles del presupuesto. Al ver su nombre mencionado en el diario La República volví a tomar contacto con Silva. Estaba aterrado creyendo que iban a desnudarle las finanzas. Silva sabía de varias empresas de chuponeo y se enorgullecía de la calidad de su información. A mí, que ya trabajaba en Cuarto Poder, nunca quiso revelarme dónde quedaban las centrales de escucha. Pedía dinero y decía seguirme, siempre con la misma sonrisa oscura que me daba escalofríos. Traté de presionarlo para que me diera alguna información pero no cedió.
Cansado tal vez de mis intentos por sacarle la verdad, Silva me citó en una cevichería. Mi trato con él siempre fue de periodista a fuente, pero sospechaba que grababa nuestras conversaciones y que era un maestro del doble juego. Me advirtieron, además, que era un tipo más, mucho más que peligroso. Acudí a la cita sola, como siempre, y en una mesa, mientras él se empachaba con un plato de mariscos, me dijo que basta de investigaciones, que no me iba a pasar nada ahora si publicaba la información pero que en un año, tal vez dos, yo podía aparecer sin una pierna y el director del programa, Mauricio Aguirre, podía aparecer sin cabeza. Y nadie iba a relacionarlo con el asunto. Creo que fue un acierto de Mauricio esperar un poco más, pero el astuto Silva adelantó su jugada y ese domingo su versión apareció en La Ventana Indiscreta - él nunca dio la cara, pero se presentó como el gran informante echándole la culpa a otros, César Almeyda incluído-. Él mismo les había llevado los datos y desviado el foco de atención, se había vendido como el valiente acusador y así neutralizaba mis hallazgos. Touché.
Al cabo de unos meses Rosana Cueva tomó la dirección del programa. Sin buscarlo, nuevamente, el escándalo estalló. A la jefa de la unidad de investigación le entregaron los documentos del fallido plan y el tema, por tanto, volvía a la agenda. Con un retortijón en las tripas volví a llamar a Silva, pero esta vez él ya no estaba dispuesto a negociar. Lo amenacé con denunciarlo si no revelaba dónde estaban las centrales de chuponeo, y su respuesta fue aún más categórica. Esa misma mañana, después de mi reunión con él, el correo de la directora fue hackeado. Los mails del programa enloquecieron, las líneas telefónicas fallaron y personas desconocidas empezaron a llamar preguntando por el tema. La amenaza fue tan flagrante que el jefe de toda el área de prensa del canal, sabiendo de la amenaza en mi contra, me pidió que por favor no arriesgara más el pellejo en ese asunto y que lo dejara de lado. Al menos momentáneamente. El tema, finalmente, fue a parar al archivo.
No sé qué ha sido de la vida de Silva desde entonces. Lo que he empezado a creer, con los años, es que tal vez él no manejaba las centrales de escucha, que tal vez él había vendido los equipos y que eran sus amigos los que le regalaban las cintas para sus bussiness (track). Pero, insisto, el chupón es una mafia dura y puede ser estar tan blindada como el Pentagonito o la Base Naval del Callao. Por eso las declaraciones de Ántero Flóres Aráoz me suenan a saludo a la bandera, y por eso coincido con Rospigliosi en que el mismísimo presidente ha tenido que intervenir en esto. ¿Qué tenía que ver la DIRANDRO en una investigación de chuponeo? ¿Por qué fue el general Hidalgo, tan cercano al presidente, quien dio el golpe? ¿Quién, por debajo del presidente, intentaba bloquear las investigaciones? ¿Qué le quitaba el sueño a Giampietri? ¿Cuántas centrales más hay? ¿Quiénes las manejan? Veremos cómo se desenvuelve esta madeja. Mientras tanto habrá que estar atento a los requiebres de nuestras dignísimas autoridades. Y si algo me pasa, ya saben a quién echarle la culpa.

viernes, 19 de octubre de 2007

El capitán Carlos y yo


La semana pasada tuve que ir -o me llevaban con tombo y vara- a rendir mi declaración ante el Cuarto Juzgado Penal Supraprovincial de Lima, el que tiene en sus manos la investigación sobre los asesinatos cometidos en Madre Mía y tiene como principal acusado a Ollanta Humala, también conocido en la zona como "capitán Carlos".





A mí me han metido en la colada como testigo, pero ya me habían citado unas cinco veces y no aparecí a ninguna. Y, qué les puedo decir, la diligencia duró cuatro horas y media y me mantuvieron con el celular requisado, con mi cámara decomisada y debí resistir la ametralladora de preguntas del juzgado, del fiscal y del abogado de Ollanta. Como si ser reportero no fuera ya suficiente martirio.

En fin, el capitán, perdón, el comandante, unos días atrás tuvo que enfrentar cara a cara a la testigo Teresa Ávila, hermana de Natividad Ávila Rivera, desaparecida desde que en 1992 una patrulla de la Base de Madre Mía se la llevó a medianoche junto a su esposo y nunca más volvió.

Su hermano, Jorge Ávila Rivera, fue apresado junto a Natividad y a su cuñado. La diferencia es que Jorge sobrevivió. El año pasado, cuando Martín Arredondo, de Panorama, soltó el asunto de Madre Mía, me mandaron con la misión de averiguar qué había de cierto. Confieso que viajé creyendo que era un absurdo, pero me equivoqué. La cantidad de testimonios era demoledora, el problema es que la mayoría no quería salir en cámaras por los tres motivos del oidor (de Ricardo Palma): por miedo, por miedo y por miedo.

Sin embargo, me topé con tres personas que sostenían versiones que encajaban a la perfección, y eso que ninguna conocía a la otra. Uno fue el mismo Jorge Ávila, hermano de Natividad y de Teresa, que relató una historia aterradora: en 1992, él, su hermana y cuñado fueron sacados de sus casas por las tropas de Ollanta Humala. Los tres fueron llevados a la base de Madre Mía y durante días estuvieron recluidos dentro de un pozo en la tierra, hasta que, finalmente, a su hermana y cuñado les dispararon junto al río. Sólo él, según su testimonio, logró escapar arrojándose a las aguas turbulentas del río Huallaga.



Esta historia, junto al sangriento testimonio de Norvil Estela, padre de otro desaparecido, fueron presentadas por primera vez en televisión por Reporte Semanal, programa para el que trabajaba en enero del año pasado. Hoy, año y nueve meses después, Humala parece estar llevando las de ganar en el juicio. ¿Por qué? Simple. Un par de semanas después de propalado el reportaje, Jorge Ávila se comunicó conmigo para denunciar que estaba siendo hostilizado por sujetos desconocidos, que estos lo amenazaban y le ofrecían dinero para retractarse de sus declaraciones. Jorge me llamó al canal y denunció el asunto, e hicimos otra nota alertando sobre el peligro que corría. Lástima que en el territorio sin ley de Aucayacu es poco lo que desde Lima se puede hacer.

Unas semanas más tarde, cuando iba a cruzar una avenida, vi la cara de mi entrevistado, del testigo que tanto trabajo me costó encontrar y que con tanta valentía denunció las aberraciones sufridas, en la portada de un diario. En letras de molde decía que el señor había presentado ante la justicia una declaración desdiciéndose de todo. Y claro, el testigo estrenaba mototaxi nueva, aunque a mí me contó que con las justas le alcanzaba para comer.



El asunto estaba clarísimo. La semana pasada, en mi condición de testigo y sentadita en la silla de madera del cuarto juzgado, la jugada se me hizo más obvia aún. El fiscal, a quien tuvieron que ir a buscar porque no había asomado a la diligencia, apareció sin siquiera haber leído el expediente y me preguntó, fresquísimo él, que cuántos reportajes había hecho, cuándo, “¿cómo es?” Le pedí que leyera lo que ya había respondido en su ausencia. Pasó la vista por el texto y se sentó a pensar. Diez, veinte, treinta segundos. Hizo alguna pregunta cumplidora. Otros diez, veinte... hasta que preguntado para que diga si: usted editó, ¿no es cierto? O sea, usted grabó las entrevistas, pero de ellas usó sólo un poco, ¿no es cierto? Entonces editó. Qué cara le habré puesto al hombre, no sé, pero la suya era de hervor cuando le dije que esa pregunta la esperaba del abogado defensor, no del fiscal. No más preguntas. Esa fue la magnífica intervención de la fiscalía en la diligencia. Su testigo.

Ay, y aquí vino lo peor, cuando el señor abogado del ex comandante me fusiló. Con preguntas, evidentemente. Que cuántas personas participaron en la investigación, que quiénes eran, que qué hacen, que cuál fue su participación, que cuántos días estuve en la zona, que cuántas personas entrevisté, que cuántas horas de grabación tenía, que cuántas cintas grabé, que de ellas cuánto utilicé en el reportaje... aquí trataban, evidentemente, de machacar un punto: que de lo grabado, supuestamente, yo utilicé muy poco. Imagino que intentan retorcer el asunto para que parezca que edité las declaraciones, que las tergiversé, que en fin, ya imaginan.

A las tres de la tarde las tripas me sonaban. El abogado insistía en que diga si el testigo Norvil Estela dijo que vio la cara de Ollanta Humala disparándole a su hijo. Que si vio el momento preciso en que Humala jalaba el gatillo, en que la pistola sonaba ¡pum! y en que la bala ingresaba en el cuerpo de su hijo. ¡Osea! Finalmente, la tortura terminó. La secretaria se paró para imprimir la declaración de la mareada testigo y el abogado de Humala espetó esta frase que, si hubiera constado en actas, habría cambiado la historia de este juicio: “Tú no lo has vivido, pero estar en la zona de emergencia fue espantoso. Era necesario pues, era necesario para combatir el terrorismo, era necesario el terrorismo de Estado”.

A mí se me cayó el maxilar inferior. Miré a la secretaria, ella me miró a mí, pero nada de lo que había dicho el señor figuraba ya para el juzgado. Nada grabado, nada de nada. Con cara de ácido gástrico le dije que así iba a hundir pronto a su cliente. “¿Que Ollanta ha matado?, claro que ha matado, pero en combate”. Yo no sé quiénes están en contra y quiénes a favor de Humala en este caso, pero a mí, la verdad, con sólo oír a su abogado ya tengo el rompecabezas completo y el hígado en pedacitos. Sólo espero que esta vez ni los testigos comprados, ni los fiscales ineptos, ni los abogados rapaces camuflen la verdad o le den el tiro de gracia.

lunes, 15 de octubre de 2007

SAFARI ACCIDENTAL

¡¡¡Ja, ja, ja!!! Estaba haciendo algo de arqueología en la red y sin querer me encontré con una nota mía escrita el año 2000, cuando era una nena. Sabrán disculpar los excesos, pero esos tiempos no merecían menos y yo, hay que admitir, aún no terminaba la universidad y ya escribía columnas furiosas en el diario Liberación, el valiente Liberación de Hildebrandt que se le enfrentó con todo al chino y su jauría. El tema de la nota es de típica inspiración del pequeño-gran-jefe: un premio inventado por nosotros para los idiotas más ilustres de fines del fujimorato. Vamos, ahora cuando empieza el juicio al dictador, es el momento preciso para recordar. Ahí va.




Tomado de Liberacion, Lima 2-12-2000, p13. Tildes y dieresis omitidas.

Los idiotas del fujimorismo son de campeonato
Por Heidi Grossmann


Terno. El cabello bien peinado y brillante el cuero de los zapatos. Nadie imagina que, tras el disfraz de politico sesudo, hay un idiota que, encima, no es ilustrado.

Ministros, congresistas, funcionarios y primeras damas han mostrado suintelecto diciendo idioteces de calibre porcino. La competencia por nuestro premio Idiota 2000, por supuesto, estuvo reñidisima. Pero en vez de desnudarlos para el desfile en bikini, hemos decidido dejar que sus infames declaraciones los pinten de cuerpo entero.

El primer participante de nuestro certamen es Federico Salas, el premier que no pudo negarse a la oferta del satanico ex asesor. No aceptó el sueldo extra, dijo, porque no tenia recibo, pero acepto ser parte de la planillanegra, y lo anuncio en el Congreso sin pensar en que acababa de enterrar, con el, a todos sus compañeros del gabinete fujimorista. Es mas, el mea culpa ya le ha costado una acusacion judicial. Todo un idiota de campeonato.




El segundo en nuestra lista es el profugo actor para las camaras -de television no mas, porque para las del SIN no fingio- Alberto Kouri. El cuento que quiso hacer pasar por explicacion fue una invencion parida por alguna mente oligofrenica. "Era un prestamo para comprar un camioncito, dijo, con el que repartiria pescado a los pobres. "Lo cierto es que el video es propiedad del Estado y ha sido sustraido... eso es corrupcion", tuvo la osadia de decir tambien. Y bueno, por esas perlas es que se hizoa creedor, y muy bien merecido, al premio Idiota 2000 en la categoria de casos severos.




Otro que se lucio fue Nicolas Lucar, quien, para no quedarse atras, dijo refiriendose a Montesinos: "Parece que el obligo a la mayoria de medios acometer excesos. Tiempo Nuevo averiguara que hay detras de esos problemas y lo contara a su publico". Que emocion. Con el grado de cretinismo que solo el podia alcanzar, Lucar no se habia dado cuenta del secuestro de los medios. ¿Canal 4 tambien -se habria preguntado- en serio? Y por eso esque se merece el cetro al Idiota Desinformado 2000. Aplausos para el.



Keiko Sofia Fujimori fue una dura competencia para Lucar. Ella, con la vision limitada por las nubes en las que vivia, dijo que su papi no sabia nada de las inmundicias de Vladimiro sino hasta que vio el video Kouri-Montesinos. Si, es que aunque Sofia signifique sabiduria, la primera dama fue la ultima en saber. Idiota 2000 tambien para ella.



Absalon Vasquez se hizo acreedor a otro Idiota, por haber dicho en el Congreso que para qué se iba a restituir a los magistrados del TribunalConstitucional, porque en este pais todos los jueces son abusivos y ahi estan los campesinos para demostrarlo. Tremendo Idiota, uno especial y en tamaño extra grande para el.


Jose Portillo fue uno de los favoritos en nuestro certamen. Desde que contesto: "Tururu, tururu. No voy a declarar", cuando se le pregunto por su participacion en el fraude electoral, el titulo de El Idiota claun 2000 quedo inmediatamente reservado para el. Y es que a "papelito manda" le encanta el papelon.


Luis Caceres Velasquez es nuestro concursante honorario. Su sincera subnormalidad, expresada en frases como: "Voy a estar en la mayoria e incluso voy a conquistar mas congresistas, ¿por que voy a mentir?", lo han hecho acreedor a otro Idiota 2000 en la categoria de Esperpenticos.



Para Raul Romero tuvimos que crear un premio especial. A el le hemos concedido el Idiota Gravol 2000. Y, aunque Pablo Macera fue otro voceado ganador, no pudimos entregarle el premio Idiota porque no lo es, sino que se hace.

Otro Idiota se merece el ex jefe del SIN, contraalmirante Humberto Rozas, porque a pesar de haber sido un miembro de i-n-t-e-1-i-g-e-n-c-i-a, en la Comision Investigadora del Congreso solo pudo balbucear "no se". Ademas, cuando le preguntaron si el, como jefe del SIN, le daba ordenes aMontesinos, respondio que la pregunta era "un poco densa". Y como nuestro premio Idiota 2000 le queda chico, al señor Rozas le daremos dos.