
La tarde del 22 de abril de 1997 era apacible. Yo era una adolescente y al segundo estallido ya estaba instalada frente a uno de los televisores de la cafetería de la universidad viendo atónita el rescate de los rehenes de la residencia del embajador japonés. Andaba entonces iniciando la carrera de periodismo en la UPC y compartía clases con la hija de un importante miembro del gobierno de Alberto Fujimori. El padre de mi compañera, lo sabíamos todos, era uno de los rehenes de la residencia y ella, ese día, no aparecía por ningún lado.
Me pasé la tarde y la noche pegada a las noticias. Sin embargo, de la hija del eminente rehén no se supo nada hasta que la vimos aparecer en el adelanto de un importante programa de televisión abrazando feliz a su padre ileso. Recién dos días después, en la clase de Introducción al Periodismo, la desaparecida -a quien llamaremos V- irrumpió en el aula con el gesto plácido de quien acaba de descubrir que ama a su padre, pero con la desazón de quien se ha asomado a alguno de los abismos del género humano.
La profesora, una reportera joven a la que apodábamos "tiqui tiqui" le pidió que relatara todo, absolutamente todo lo que su padre contó en la sala familiar. Y nuestra fugazmente-famosa-amiga le hizo caso. Luego de decenas de anécdotas que ya se me han olvidado, V detalló una escena que le escarapeló el cuerpo a toda la clase. "Antes de salir mi papá vio que los comandos agarraron a los terroristas vivos. Las dos chicas se tiraron al piso de rodillas y se rindieron. Los otros también, porque ya los habían atrapado. Pero las chicas ni siquiera dispararon, estaban asustadas, lloraban, decían que no sabían nada, pedían que por favor no les hagan daño. Las tiraron en el piso, les quitaron las armas y le dijeron que nada les iba a pasar. Dice mi papá que los vio a todos vivos antes de irse. Incluso algunos de los hombres pedían por favor que no los maten. Cuando después vio en las noticias que los habían matado, pucha, se sintió horrible".
Nuestra amiga V, tan adolescente como todos los demás, no tenía idea de la dimensión de lo que acababa de revelar. Su padre, estoy segura, tampoco tiene idea de que su hija contó esta historia en su salón de clases. Es más, V terminó el relato diciendo que "por fa, chicos, no le digan a nadie todavía".
Lo que V había hecho era confirmar que su padre, eminente miembro del gobierno, era testigo de que los emerretistas se rindieron, que estaban vivos cuando los rehenes fueron liberados y que si aparecieron muertos fue porque un comando del ejército, por órdenes expresas de Fujimori y Montesinos, los asesinaron extrajudicialmente luego de su rendición. V, claro está, confió en que diez años más tarde sus compañeros de clase ya no recordarían ese relato, empolvado de seguro en el desván de la memoria.
Con los años aparecieron algunos testimonios pero hasta la fecha el asunto sigue siendo motivo de polémica y sigue sirviendo de detonador para los ataques explosivos del fujimorismo parlamentario. Si me preguntan a mí, que terminé la carrera, trabajé en periodismo y recogí montones de información sobre el tema, el relato de V es una prueba más de que la ejecución extrajudicial existió y de que, hasta la fecha, nadie ha respondido por eso.
Y sí, he oído cientos de voces repitiendo que los terroristas se lo merecían. No puedo decir quién se merece la muerte y quién no, pero sé que, si ya tienes a los secuestradores rendidos, lo legal, y hasta lo políticamente inteligente, es enjuiciarlos, meterlos presos y acabar con el mito. Mientras tanto Fujimori sigue en Chile en paz, cobrándole el diezmo a toda la bancada fujimorista que paga mensualmente un pedazo de sueldo para mantenerlo a cuerpo de emperador.
Perdóname V por contar el episodio, pero han pasado diez años y ya era hora de decir la verdad.